Ahí estás otra vez...
- kgnutricion2
- May 17
- 4 min read

Quería escribir acerca de un tema que he estado pensando mucho últimamente, pero honestamente no encontraba muy bien por dónde comenzar.
Así que hice algo que a veces hago cuando necesito ordenar ideas: saqué una carta de un mazo que tengo.
La carta que salió fue El agotamiento. Y de fondo apareció La comunidad.
Me quedé reflexionando un rato sobre por qué esas cartas parecían describir tan bien lo que quería poner en palabras. Porque en el fondo, este tema habla justamente de eso: de lo que sucede cuando un cuerpo y un cerebro llevan demasiado tiempo sobreviviendo.
Cuando un organismo está subalimentado, en restricción o en un estado prolongado de estrés biológico, no solo cambia la relación con la comida. También cambia la manera en que una persona siente, se expresa, se relaciona y habita el mundo.
A veces incluso cambia la forma en que quienes la amamos logramos percibirla.
La imagen de la carta mostraba a una persona exhausta, como si siguiera intentando subir escalones mientras algo la acecha detrás. Y curiosamente, la carta hablaba también de “asistentes divinos”.
Eso me hizo pensar en cómo muchas personas atraviesan estados de agotamiento biológico profundo mientras siguen intentando funcionar “normalmente”. Siguen yendo a la escuela, trabajando, socializando, cumpliendo expectativas, mientras su cuerpo y su cerebro están haciendo un enorme esfuerzo simplemente por sostenerse.
Y también me hizo pensar en el tipo de apoyo que suele necesitarse en esos momentos. Porque salir de un estado de supervivencia rara vez ocurre en aislamiento.
Muchas veces hace falta toda una red que ayude a sostener el proceso: familia, terapeutas, amistades, médicos, cuidadores, comunidad. Personas que ayudan a sostener la vida mientras poquito a poquito regresa la energía para habitarla.
Cuando un cuerpo permanece demasiado tiempo en supervivencia, muchas funciones empiezan a reducirse para ahorrar energía.
Y eso no solo impacta el hambre o el metabolismo. También puede impactar la forma en que una persona siente y expresa sus emociones.
A veces las emociones se vuelven más planas, más rígidas o más difíciles de leer. Otras veces pareciera que la espontaneidad empieza a hacerse pequeñita.
El sistema entra en una especie de “modo conservación”: gastar la menor energía posible para seguir funcionando. Y poco a poco, el mundo empieza a hacerse más pequeño.
Se reduce el juego, el entusiasmo, la curiosidad. Las ganas de probar cosas nuevas, de pedir, de explorar, de imaginar. A veces incluso la manera de sentir y expresar emociones cambia.
No porque haya desaparecido su esencia (aunque a veces así se siente), sino porque la supervivencia consume muchísimo espacio interno.
Y aunque muchas veces pensamos en el peso únicamente como un número o una apariencia física, el cuerpo suele vivirlo de una manera mucho más profunda y compleja.
Nuestro peso está regulado y defendido por múltiples mecanismos fisiológicos. Y existe algo que en recuperación solemos llamar “peso biológicamente apropiado”: un rango de peso en el que el cuerpo y el cerebro pueden funcionar con mayor seguridad, estabilidad y disponibilidad física y emocional.
No tiene nada que ver con ideales estéticos ni con un número universal. Tiene que ver con genética, historia de crecimiento, contexto, funcionamiento físico y psicológico, y con un cuerpo que ya no necesita vivir atrapado en restricción, compensación o alerta constante para mantenerse donde está.
Muchas personas permanecen durante años en una especie de “limbo” de cuasi recuperación. A veces comen “mejor”, funcionan relativamente bien o incluso parecen estables desde afuera, pero su cuerpo y su sistema nervioso todavía no logran sentirse completamente seguros.
Y cuando todavía existe una brecha importante entre el estado actual del cuerpo y el rango que el organismo interpreta como biológicamente seguro, parte de la energía puede seguir invertida en supervivencia y conservación, más que en expansión, flexibilidad y presencia.
Y cuando el cuerpo comienza lentamente a salir de ese estado de agotamiento y supervivencia, muchas veces los cambios no aparecen primero en cosas espectaculares.
A veces aparecen como pequeñas pistas.
Como un niño que vuelve a entusiasmarse muchísimo por probar un panecito de KFC.
Como alguien que insiste en entrar a Target para buscar un kit de pulseritas y después quiere además otra cosa… y otra más. Vuelve a pedir y a entusiasmarse.
Como recuperar un poquito la curiosidad y las ganas de explorar el mundo.
Como una carcajada que regresa después de años.
Como una canción cantada a todo pulmón.
O incluso como reconocer en la carita triste de alguien una tristeza profundamente suya, viva y presente… en lugar del agotamiento plano y distante de la supervivencia.
Son cambios que podrían parecer pequeños desde afuera. Pero quienes amamos a esa persona muchas veces los sentimos enormes.
Porque reconocemos algo difícil de explicar:
“Ahí estás otra vez...”
Para seguir profundizando sobre este tema:
Les recomiendo leer esta entrada del blog de FEAST en la que Emily Boring habla desede su propia experiencia. Describe el impacto que puede tener la restauración de peso y seguridad biológica en la calidad de vida, la vitalidad y la sensación de “volver a ser una misma/o”.
